jueves, 5 de abril de 2007

SANTA EULALIA Y LA SEMANA SANTA.

Los Evangelios y, en concreto, los de Mateo (27,55), Marcos (15,40) y Juan (19,25) explicitan que los únicos de los seguidores que acompañaban a Jesucristo “a lo lejos”, sin embargo, en la hora de la muerte fueron mujeres, si se exceptúa a san Juan que testimonia su propia presencia (19,26 y 27) o se sigue a San Marcos que recoge la presencia de todos sus conocidos (23,49) junto a las mujeres.

Y Santa Eulalia de Mérida, como aquellas mujeres, no sólo hizo como una de las cinco vírgenes prudentes (Mateo, 25, 1 y ss); también hizo como aquellas discípulas que dieron testimonio de Él, cuando los hombres le abandonaron a la par que le negaba San Pedro (Mateo 26,69 y ss.).

Sin embargo el testimonio de Santa Eulalia como mujer fue más cercano al lugar de la cruz...

Una de las características de Santa Eulalia como mártir según los autores de época visigoda es la de su fuerza varonil. Y así Juan Gil interpreta: “La niña “, “mayor que sus fuerzas... acomete sin vacilar una empresa viril”.

Con ello manifestaban la masculinidad como única y excluyente condición para dar testimonio de Jesucristo olvidando que al martirio, según la doctrina cristiana, estaban convocados hombres y mujeres y aún los niños. Así Tertuliano, junto con Orígenes, proclamaban la universalidad del martirio que afecta no sólo “a los obispos y a los sacerdotes, sino también a los fieles, incluidas las mujeres”, como interpreta Hamman o, incluso, a los niños como asegura Cipriano de Cartago .

Evidentemente en época visigoda se le escamoteaba a Eulalia su femeneidad y el fin último de su vida como virgen: los desposorios con Jesucristo.

Sin embargo, en las menos de las ocasiones, los mártires masculinos se comportaban, más como verdaderas santas mujeres que como auténticos hombres... e imitaban a Santa Eulalia, ejemplo de mártir por voluntad propia, que por decisión del Concilio de Elvira estuvo a punto de no alcanzar o perder su consideración martirial.

En época visigótica, por el contrario, se pusieron de moda los mártires de voluntad; pero ahora Santa Eulalia lo sería no por su propia decisión o inspiración divina sino por imitación de San Tirso; y en su propia Pasión le hacen decir lo que supuestamente dijo Tirso sin saber el infame redactor que aquellas palabras eran originales suyas y que se las adjudicó Prudencio mucho antes:
“¿Perseguís, ¡ oh caterva despreciada¡, el nombre de los cristianos? Aquí me tenéis; yo desprecio vuestras imágenes demoníacas, pisoteo vuestros ídolos, de palabra y corazón confieso al Dios verdadero”.

Cuando Jesucristo murió en la Cruz sólo un hombre, san Juan, le acompañaba (es decir sólo un hombre entre sus apóstoles no se ocultó ni le negó como Pedro, su más cercano); pero no le faltó a Jesucristo en su agonía la presencia de ninguna de las mujeres que le habían acompañado durante los años de su vida pública.

Algo así sucedió en Emerita hace ya1700 años.

Cuando todos los cristianos huyeron de la ciudad o se ocultaron en ella, el obispo Liberio también, sólo Eulalia se presentó ante el gobernador para dar testimonio de Jesucristo en su soledad rediviva.

Y es que Eulalia se impuso un principio cristiano superior frente a la huida: el del uso de la palabra frente a sus contrarios; en palabras de Salvador Giner este principio obedecía a una actitud nueva en la predicación religiosa: Los Evangelios a Jesucristo “nos lo presentan en incesante tensión dialéctica con las sectas de su época” porque “proyectaba sus enseñanzas sobre el pueblo, directamente, sin retirarse al desierto”. Por tanto concluye que de “aquí su enfrentamiento constante con saduceos, fariseos, escribas, publicanos y autoridades romanas”.

Por ello finaliza Ginés diciendo de Jesucristo que su “forma de vida era simple, más en ningún caso ascética en el sentido más estricto de la palabra”.

Y Eulalia así debió entenderlo y asumirlo consecuentemente.

Antonio Mateos Martín de Rodrigo.